La dictadura militar de Argentina había prohibido
la realización de todo acto público en
las ciudades.
Por consiguiente se eligió un paraje desolado,
conocido como Punta de Vacas, en los límites
de Chile y Argentina.
Desde muy temprano las autoridades controlaron las rutas
de acceso. Se distinguían nidos de ametralladoras,
vehículos militares y hombres armados. Para acceder
era necesario exhibir documentación y datos personales,
lo que creó algunos conflictos con la Prensa
internacional.
En un magnífico escenario de montes nevados Silo
comenzó su alocución ante un auditorio
de doscientas personas. El día era frío
y soleado. Alrededor de las 12 a.m. todo había
concluido.
Si
has venido a escuchar a un hombre de quien se supone
se transmite la sabiduría, has equivocado el
camino porque la real sabiduría no se transmite
por medio de libros ni de arengas; la real sabiduría
está en el fondo de tu conciencia como el amor
verdadero está en el fondo de tu corazón.
Si has venido empujado por los calumniadores y los hipócritas
a escuchar a éste hombre a fin de que lo que
escuchas te sirva luego como argumento en contra de
él, has equivocado el camino porque este hombre
no está aquí para pedirte nada, ni para
usarte, porque no te necesita.
Escuchas a un hombre desconocedor de las leyes que rigen
al Universo, desconocedor de las leyes de la Historia,
ignorante de las relaciones que rigen a los pueblos.
Este hombre se dirige a tu conciencia a mucha distancia
de las ciudades y de sus enfermas ambiciones. Allí
en las ciudades, donde cada día es un afán
truncado por la muerte, donde al amor sucede el odio,
donde al perdón sucede la venganza; allí
en las ciudades de los hombres ricos y pobres; allí
en los inmensos campos de los hombres, se ha posado
un manto de sufrimiento y de tristeza.
Sufres
cuando el dolor muerde tu cuerpo. Sufres cuando el hambre
se apodera de tu cuerpo. Pero no solo sufres por el
dolor inmediato de tu cuerpo, por el hambre de tu cuerpo.
Sufres, también, por las consecuencias de las
enfermedades de tu cuerpo.
Debes distinguir dos tipos de sufrimiento. Hay un sufrimiento
que se produce en ti merced a la enfermedad (y ese sufrimiento
puede retroceder gracias al avance de la ciencia, así
como el hambre puede retroceder pero gracias al imperio
de la justicia). Hay otro tipo de sufrimiento que no
depende de la enfermedad de tu cuerpo sino que deriva
de ella: si estás impedido, si no puedes ver,
o si no oyes, sufres; pero aunque éste sufrimiento
derive del cuerpo, o de las enfermedades de tu cuerpo,
tal sufrimiento es de tu mente.
Hay un tipo de sufrimiento que no puede retroceder frente
al avance de la ciencia ni frente al avance de la justicia.
Ese tipo de sufrimiento, que es estrictamente de tu
mente, retrocede frente a la fe, frente a la alegría
de vivir, frente al amor. Debes saber que este sufrimiento
está siempre basado en la violencia que hay en
tu propia conciencia. Sufres porque temes perder lo
que tienes, o por lo que ya has perdido, o por lo que
desesperas alcanzar. Sufres porque no tienes, o porque
sientes temor en general... He ahí los grandes
enemigos del hombre: el temor a la enfermedad, el temor
a la pobreza, el temor a la muerte, el temor a la soledad.
Todos estos son sufrimientos propios de tu mente; todos
ellos delatan la violencia interna, la violencia que
hay en tu mente. Fíjate que esa violencia siempre
deriva del deseo. Cuanto más violento es un hombre,
más groseros son sus deseos. Quisiera proponerte
una historia que sucedió hace mucho tiempo.
Existió
un viajero que tuvo que hacer una larga travesía.
Entonces, ató su animal a un carro y emprendió
una larga marcha hacia un largo destino y con un límite
fijo de tiempo. Al animal lo llamo Necesidad, al carro
Deseo, a una rueda la llamó Placer y a la otra
Dolor. Así pues el viajero llevaba su carro a
derecha e izquierda, pero siempre hacia su destino.
Cuanto más velozmente andaba el carro, más
rápidamente se movían las ruedas del Placer
y del Dolor, conectadas como estaban por el mismo eje
y transportando como estaban al carro del Deseo. Como
el viaje era muy largo, nuestro viajero se aburría.
Decidió entonces decorarlo, ornamentarlo con
muchas bellezas, y así lo fue haciendo. Pero
cuanto más embelleció el carro del Deseo
más pesado se hizo para la Necesidad. De tal
manera que en las curvas y en las cuestas empinadas,
el pobre animal desfallecía no pudiendo arrastrar
el carro del Deseo. En los caminos arenosos las ruedas
del Placer y el Sufrimiento se incrustaban en el piso.
Así, desesperó un día el viajero
porque era muy largo el camino y estaba muy lejos su
destino. Decidió meditar sobre el problema esa
noche y, al hacerlo, escuchó el relincho de su
viejo amigo. Comprendiendo el mensaje, a la mañana
siguiente desbarató la ornamentación del
carro, lo alivió de sus pesos y muy temprano
llevó al trote a su animal avanzando hacia su
destino. No obstante, había perdido un tiempo
que ya era irrecuperable. A la noche siguiente volvió
a meditar y comprendió, por un nuevo aviso de
su amigo, que tenía ahora que acometer una tarea
doblemente difícil porque significaba su desprendimiento.
Muy de madrugada sacrificó el carro del Deseo.
Es cierto que al hacerlo perdió la rueda del
Placer, pero con ella perdió también la
rueda del Sufrimiento. Montó sobre el animal
de la Necesidad, sobre sus lomos, y comenzó al
galope por las verdes praderas hasta llegar a su destino.
Fíjate como el deseo puede arrinconarte. Hay
deseos de distinta calidad. Hay deseos más groseros
y hay deseos más elevados. Eleva el deseo, supera
el deseo, purifica el deseo, que habrás seguramente
de sacrificar con eso la rueda del placer pero también
la rueda del sufrimiento.
La violencia en el hombre, movida por los deseos, no
queda solamente como enfermedad en su conciencia, sino
que actúa en el mundo de los otros hombres ejercitándose
con el resto de la gente. No creas que hablo de violencia
refiriéndome solamente al hecho armado de la
guerra, en la que unos hombres destrozan a otros hombres.
Esa es una forma de violencia física. Hay una
violencia económica: la violencia económica
es aquella que te hace explotar a otro; la violencia
económica se da cuando robas a otro, cuando ya
no eres hermano del otro, sino que eres ave de rapiña
para tu hermano. Hay, además, una violencia racial:
¿crees que no ejercitas la violencia cuando persigues
a otro que es da una raza diferente a la tuya, crees
que no ejerces violencia cuando lo difamas por ser de
una raza diferente a la tuya? Hay una violencia religiosa:
¿crees que no ejercitas la violencia cuando nos
das trabajo, o cierras las puertas, o despides a alguien,
por no ser de tu misma religión? ¿Crees
que no es violencia cercar a aquel que no comulga con
tus principios por medio de la difamación; cercarlo
en su familia, cercarlo entre su gente querida, porque
no comulga con tu religión? Hay otras formas
de violencia que son las impuestas por la moral filistea.
Tú quieres imponer tu forma de vida a otro, tú
debes imponer tu vocación a otro...¿pero
quién te ha dicho que eres un ejemplo que debe
seguirse? ¿Quién te ha dicho que puedes
imponer una forma de vida porque a ti te place? ¿Dónde
está el molde y dónde está el tipo
para que tú lo impongas?... He aquí otra
forma de violencia. Únicamente puedes acabar
con la violencia en ti y en los demás y en el
mundo que te rodea, por la fe interna y la meditación
interna. No hay falsas puertas para acabar con la violencia.
Este mundo está por estallar y no hay forma de
acabar con la violencia! No busques falsas puertas!.
No hay política que pueda solucionar éste
afán de violencia enloquecido. No hay partido
ni movimiento en el planeta que pueda acabar con la
violencia. No hay falsas salidas para la violencia en
el mundo... Me dicen que la gente joven en distintas
latitudes está buscando falsas puertas para salir
de la violencia y el sufrimiento interno. Busca la droga
como solución. No busques falsas puertas para
acabar con la violencia.
Hermano mío: cumple con mandatos simples, como
son simples éstas piedras y ésta nieve
y éste sol que nos bendice. Lleva la paz en ti
y llévala a los demás. Hermano mío:
allá en la historia ésta el ser humano
mostrando el rostro del sufrimiento, mira ese rostro
del sufrimiento... pero recuerda que es necesario seguir
adelante y que es necesario aprender a reír y
que es necesario aprender a amar.
A ti hermano mío arrojo ésta esperanza,
ésta esperanza de alegría, ésta
esperanza de amor para que eleves tu corazón
y eleves tu espíritu, y para que no olvides elevar
tu cuerpo.